Posteado por: alejandrors | 3 enero 2011

À propos d’une nouvelle année

Un año es muchas cosas y ninguna a la vez.

Es primero que todo, un invento. Es el fruto de la imaginación de un tal Gregorio XIII que sentía cierto desprecio por el preexistente calendario juliano, y como papa, necesitaba una manera de ajustar el calendario civil al año litúrgico. En pocas palabras: ocupaban algún instrumento que calzaran con las celebraciones religiosas.

En segunda instancia, es impreciso (la verdad esto no debería extrañar viniendo de un religioso). El año gregoriano, atrasa 1/4 de día cada año, por lo que es necesario sumar un día cada cuatro años, ergo, el infame año bisiesto. Además, como la traslación de la tierra tarda 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,16 segundos, cada “año” se atrasa ~26 segundos, lo que hará necesario ajustar el calendario cada 3300 años; es decir, un dolor de cabeza para los humanos del año 4882 (suponiendo que existan).

Seguidamente, es una unidad individual/colectiva de memoria. Sirve para tomar una serie de recuerdos o vivencias, meterlas en una caja con una etiqueta, y dejarla olvidada en algún rincón de la mente para cuando sea necesario retomarlo. Así, hablamos y nos referimos a los eventos del año pasado aún si sólo ha pasado un par de semanas.

Y es, finalmente, una abstracción social para propósitos de año nuevo. Y he aquí, uno de los muchos pináculos de la estupidez humana: es decir ¿por qué esperar a un nuevo año para cambiar lo malo o indeseable de nuestras vidas? A pesar de ello, me he querido proponer algunas, más que todo desde un punto de vista práctico y no tanto de reflexión (las cuales me da pereza escribir, porque de cierto modo, tendría que reflexionar y justamente deseo evitarlo).

Pero es, ante todo, nada. Es una abstracción del ser humano completamente insignificante. No tiene valor real, y ni siquiera debería tenerlo desde un punto de vista científico –dada su imprecisión–, pero por lo visto es un buen intento para mantener la cordura. Sí, somos unos animalitos curiosos que vivimos en un mundo continuo e infinito, pero la realidad nos obliga a verlo en términos contrarios: finito y discreto.

Es todavía más deprimente pensarlo en tiempo astronómico/geológico. Un año, es una insignificancia y demuestra claramente que cada uno de nosotros, como entidades discretas y aisladas, es despreciable. Logramos la supervivencia a través de la continuidad de la especie por medio de ciclos finitos que se repiten indefinidamente (evolución, reproducción, y sociedad).

Por eso, la próxima vez que quiera pensar en “feliz año nuevo”, sería bueno dejarse de frases vacías y de promesas vanas. La mejor promesa que se puede hacer uno a sí mismo es la de aprovechar cada instante indivisible de nuestras cortas vidas, en síntesis: vivir en vez de existir. Y eso, más que una promesa, es una forma de enfrentar la realidad no de año en año, pero con una actitud persistente y duradera.

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