Posteado por: alejandrors | 18 abril 2010

Quisiera ser un niño

Hoy me acordé de aquellos días fríos de infancia, de aquellos tan escurridizos que ahora son solo una sombra en el árbol de la mente. Son como fractales, eternalmente divisibles y majestuosos, pero efímeros e infinitos. La mente es una amalgama de pensamientos, de recuerdos, de sensaciones; pocas veces sin embargo, tenemos la mente de un niño. Si lo vemos en retrospectiva, pasamos menos de una octava parte (en promedio) de nuestra pasantía en este antro llamado planeta Tierra, de esta realidad circundante a la que no se puede escapar. La inocencia es un bien preciado que nos dura poco.

Recuerdo que cuando era niño, aborrecía sobremanera al actuar estúpido –bajo mis reglas de lo que era y no era deseable- de los adultos. Sin embargo, había un tipo específico de adulto que no soportaba de ninguna forma. Había una clase que me parecía paupérrima, que no tenía razón de existir en mi mundo. Había unas personillas (que solo tenían justificación en su propia maldad) que querían destruir el mundo. Eran los villanos, tan arquetípicos que en mi cabeza de infante era seres ruines y completamente malvados, cuyo propósito era beneficiarse a costa de los demás. Los había de varios subtipos. Estaban aquellos que oprimían a los demás; aquellos otros ladinos que sacaban provecho de las situaciones, oportunistas, y que no tenían ninguna consideración en hurtar; y por citar el peor de todos, estaba para mí aquel tipo que destruía la naturaleza. A estos últimos les odié con todo mi ser, pues no había algo tan estúpido como vivir a costas del presente y torpemente destruir el mañana. 

Sí, era mi mundo, porque eso es lo único que nos pertenece cuando somos niños: una vorágine de ilusiones, de esperanza, de “yo quieros”. Yo quiero ser, quiero hacer, yo quiero soñar. Y la mente de un niño es tal, que aún en la más lúgubre de las mazmorras, es capaz de pensar en un futuro brillante y blanco, como una arboleda de almendros, teñidos de naranja por la luz del sol que ya cae, pero solo bajo la premisa inexorable de volver a salir al día siguiente para calentar el corazón y el alma. Pensé de manera muy, pero muy ilusa, que el mundo está dividido en dos clases: las personas buenas y nobles que luchan por las enaltecidas causas dignas de un humanismo auténtico y por el otro, los villanos que simplemente buscan sacarle provecho a la destrucción de esa figura mítica de humano modelo y desinteresado.

En mi inocencia, pensé que todo sería como en las bandes dessinées. Estuve convencido por mucho tiempo, que los malos siempre pagarían, y que no existía tal cosa como la impunidad. No cabía, en mi mente de niño, que pudieran existir personas descorazonadas que aniquilaran nuestro propio planeta. (Acá hago un paréntesis: no por ser “tree-hugger” y prentender que a todos los seres vivos, desde las babosas hasta los procariotas, había que amarlos y defenderlos a expensas del desarrollo de la sociedad humana.) No. Lo que me parecía aberrante era que fueran los mismos seres humanos, los que vivimos confinados bajo este biodomo, estuviéramos cavando nuestra propia tumba y condenando a la civilización humana a su acabose.

Hoy en día, me pongo a pensar que el ser humano, no puede ser ni intrínsecamente bueno, ni por el contrario, completamente malo. Si definimos éticamente maldad como ser “largatones” que se benefician a costas de los demás, todos los somos en menor o mayor medida. A mi mundo de niño se le cayó el velo de la inocencia, cuando ya le quedaba muy chico como para ocultarlo todo de mis ahora educados y experimentados ojos.

Hoy veo como muchos se venden por el dinero, aunque no sea explícito, con tal de beneficiarse en el presente, a expensas de dejarle los problemas tóxicos e imborrables a la sociedad del mañana.

Hoy quisiera ser niño de nuevo, quisiera irme a la cama pensando que mañana todo se resolverá. Quisiera pensar que a los malhechores –claramente distinguibles del resto- se les castigará por dañar nuestro hogar, nuestra esfera curiosamente achatada en los polos que se mueve alrededor de una masa de gas caliente. Me gustaría pensar que el proyecto minero Crucitas era solo una pesadilla, que fue destruida por los puños de algún héroe ambiental salido de las fábulas infantiles.

Hoy quiero ser niño. Hoy quiero vaciar mi mente para volver a creer que existen los seres humanos buenos.

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Responses

  1. Mirá así practicás el francés:

    “J’ai ainsi eu, au cours de ma vie, des tas de contacts avec des tas de gens sérieux. J’ai beaucoup vécu chez les grandes personnes. Je les ai vues de très près. Ça n’a pas trop amélioré mon opinion.

    Quand j’en rencontrais une qui me paraissait un peu lucide, je faisais l’expérience sur elle de mon dessin n° 1 que j’ai toujours conservé. Je voulais savoir si elle était vraiment compréhensive. Mais toujours elle me répondait: “C’est un chapeau.” Alors je ne lui parlais ni de serpents boas, ni de forêts vierges, ni d’étoiles. Je me mettais à sa portée. Je lui parlais de bridge, de golf, de politique et de cravates. Et la grande personne était bien contente de connaître un homme aussi raisonnable.”

  2. Oh por Pólux, “Le Petit Prince”! 🙂


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