Quisiera ser un niño

Hoy me acordé de aquellos días fríos de infancia, de aquellos tan escurridizos que ahora son solo una sombra en el árbol de la mente. Son como fractales, eternalmente divisibles y majestuosos, pero efímeros e infinitos. La mente es una amalgama de pensamientos, de recuerdos, de sensaciones; pocas veces sin embargo, tenemos la mente de un niño. Si lo vemos en retrospectiva, pasamos menos de una octava parte (en promedio) de nuestra pasantía en este antro llamado planeta Tierra, de esta realidad circundante a la que no se puede escapar. La inocencia es un bien preciado que nos dura poco.

Recuerdo que cuando era niño, aborrecía sobremanera al actuar estúpido –bajo mis reglas de lo que era y no era deseable- de los adultos. Sin embargo, había un tipo específico de adulto que no soportaba de ninguna forma. Había una clase que me parecía paupérrima, que no tenía razón de existir en mi mundo. Había unas personillas (que solo tenían justificación en su propia maldad) que querían destruir el mundo. Eran los villanos, tan arquetípicos que en mi cabeza de infante era seres ruines y completamente malvados, cuyo propósito era beneficiarse a costa de los demás. Los había de varios subtipos. Estaban aquellos que oprimían a los demás; aquellos otros ladinos que sacaban provecho de las situaciones, oportunistas, y que no tenían ninguna consideración en hurtar; y por citar el peor de todos, estaba para mí aquel tipo que destruía la naturaleza. A estos últimos les odié con todo mi ser, pues no había algo tan estúpido como vivir a costas del presente y torpemente destruir el mañana. 

Sí, era mi mundo, porque eso es lo único que nos pertenece cuando somos niños: una vorágine de ilusiones, de esperanza, de “yo quieros”. Yo quiero ser, quiero hacer, yo quiero soñar. Y la mente de un niño es tal, que aún en la más lúgubre de las mazmorras, es capaz de pensar en un futuro brillante y blanco, como una arboleda de almendros, teñidos de naranja por la luz del sol que ya cae, pero solo bajo la premisa inexorable de volver a salir al día siguiente para calentar el corazón y el alma. Pensé de manera muy, pero muy ilusa, que el mundo está dividido en dos clases: las personas buenas y nobles que luchan por las enaltecidas causas dignas de un humanismo auténtico y por el otro, los villanos que simplemente buscan sacarle provecho a la destrucción de esa figura mítica de humano modelo y desinteresado.

En mi inocencia, pensé que todo sería como en las bandes dessinées. Estuve convencido por mucho tiempo, que los malos siempre pagarían, y que no existía tal cosa como la impunidad. No cabía, en mi mente de niño, que pudieran existir personas descorazonadas que aniquilaran nuestro propio planeta. (Acá hago un paréntesis: no por ser “tree-hugger” y prentender que a todos los seres vivos, desde las babosas hasta los procariotas, había que amarlos y defenderlos a expensas del desarrollo de la sociedad humana.) No. Lo que me parecía aberrante era que fueran los mismos seres humanos, los que vivimos confinados bajo este biodomo, estuviéramos cavando nuestra propia tumba y condenando a la civilización humana a su acabose.

Hoy en día, me pongo a pensar que el ser humano, no puede ser ni intrínsecamente bueno, ni por el contrario, completamente malo. Si definimos éticamente maldad como ser “largatones” que se benefician a costas de los demás, todos los somos en menor o mayor medida. A mi mundo de niño se le cayó el velo de la inocencia, cuando ya le quedaba muy chico como para ocultarlo todo de mis ahora educados y experimentados ojos.

Hoy veo como muchos se venden por el dinero, aunque no sea explícito, con tal de beneficiarse en el presente, a expensas de dejarle los problemas tóxicos e imborrables a la sociedad del mañana.

Hoy quisiera ser niño de nuevo, quisiera irme a la cama pensando que mañana todo se resolverá. Quisiera pensar que a los malhechores –claramente distinguibles del resto- se les castigará por dañar nuestro hogar, nuestra esfera curiosamente achatada en los polos que se mueve alrededor de una masa de gas caliente. Me gustaría pensar que el proyecto minero Crucitas era solo una pesadilla, que fue destruida por los puños de algún héroe ambiental salido de las fábulas infantiles.

Hoy quiero ser niño. Hoy quiero vaciar mi mente para volver a creer que existen los seres humanos buenos.

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Del racionalismo y otras chancletudeces

Je pense, donc je suis.

Rene Descartes

Creo que el orden normal de las cosas me exige primeramente escribir lo que tenga que escribir, y luego sacarme de mi cuadernillo de bolsillo una de esas citas que andan sueltas entre las páginas, y que de forma natural leí en algún otro recondrejo por ahí. Es lo lógico, ¿no? Hoy, quise nadar un poco contra mi propia corriente y hacer un pequeño experimento. Decidí que primero iba a tomar una frase, y después quise hacer todo un homenaje póstumo al racionalismo y al francés que se le ocurrió.

El racionalismo se puede entender de muchas formas, pero ciertamente hace alusión a algún proceso cognitivo superior de suma importancia. De los tipos de conocimiento, que tenemos dos de acuerdo con Neil A. Stillings et al, está primeramente el conocimiento declarativo (los atributos del mundo) y el conocimiento procedimental (todo lo que deviene de hacer uso de procesos cognitivos, la cognición como mecanismo de inferencia con base en el conocimiento declarativo).

En palabras más castellanas, la cognición es una equiparación del acto racional, entendiéndose éste como el acto de hacer uso de la razón (que definición más aberrantemente circular) para usarla como una fuente de conocimiento o de justificación. Y es que esta última palabra, justificación, la voy a subrayar, la voy a colorear con rojo fosforescente y centrar, de modo que quede bien vistosa y su lectura sea obligatoriamente ineludible.

Justificación

El acto de razonar da cabida a la justificación de nuestras acciones o de nuestros pensamientos. En este mundo irreal de invención y percepción humana, todo acto consciente (controlado por nuestro libre albedrío –que no voy a debatir si existe o no el determinismo) debe ser explicado en sus virtudes y desventajas, para la posterior compresión de la toma de decisión.

Pero, explicado lo que entiendo por razonar, voy a mi punto, a la conclusión a la que he llegado luego de debatir durante muchas horas a la luz de los eventos acaecidos en la UCR: pensar es un lujo de unos pocos, y el opio de muchos.

El acto racional se ve aplacado por una cosa terrible que se llama dogma. Un dogma es un precepto que se acepta sin cuestionar qué tan verídico sea, simplemente porque su fuente se cree lo suficientemente infalible y digna de confianza que se le cree completamente fidedigna, y ergo, cualquier intento de desprestigio es socialmente repudiado. Cito ejemplos: las religiones, los autoritarismos, la maquinaria corporativa del Siglo XXI, entre otros.

Y es que la UCR está lleno de dogmatismo (absolutos): {ver nota al pie}

– Si creías en el TLC, estabas mal en todo, eras un siervo de los Arias.

– Si no votás por el Frente Amplio o por el PAC, no pensás.

– Si no sos de la UCR, no sos buen estudiante.

– Si no apoyás los movimientos sociales de izquierda, no sos “cool” y sos un egoísta. ¡Tenés que ser un revolucionario! A pesar que el que lo dice vive como capitalista y en su vida ha hecho un acto de bien social.

– Si no creés en la autonomía de la UCR de forma vaticanesca, sos un infiel, traidor y no pensás lo que decís. 

A algunas mentes brillantes y arrogantes se les ocurre ahora, ser los “iluminados” y que han sido ungidos con la única verdad posible. Todo lo demás es falaz, es inerte, y sobre todo, es producto de ser un “zombie” o autómata pro-sistema. Aún cuando se les presenten situaciones que, son evidentemente contrarias a su prédica y verdaderas, el autoritario se va a arrojar siempre el don de la razón a sí, y a minimizar las capacidades intelectuales del otro con tal de ponerlo en ridículo. 

El “chancletudismo” (un movimiento posmoderno y muy cool que siguen los jóvenes como si fuesen lemmings) es toda una expresión de ese autoritarismo. Se vuelven adictos a la ideología UCR-imperante como un refugio contra el sistema, y supuestamente como un oasis de conocimiento. Es la Alejandría moderna en medio del desierto; sólo allí hay conocimiento, todo lo demás es seco, infértil e innecesario.

Irónicamente, se vuelven justo lo que quieren destruir. Por un lado, la ciencia y la intelectualidad humana, debe estar abierta al debate, al constructivismo y al acto de la búsqueda de la verdad, el acto de “Lumen aspicio”. Pero ellos, en su afán de convertirse en una contracultura cool y pensante (a pesar que su récord académico pegue gritos diciendo todo lo contrario), se vuelven ciegos a todo pensamiento que venga de fuera de su círculo ideológico. Se le da muerte y santa sepultura al acto de racionalizar, de justificación. Es un facilismo mental: se forja la ideología de la presión de grupo del “profe”, de los compas “cool y revolucionarios”. Lo peor de todo es que es contagioso.(ley del mínimo esfuerzo).

No me estoy adueñando de la verdad. Simplemente creo, que la justificación de los actos propios está severamente dañada en muchos. La autonomía por la que luchan es banal, es temporal y territorial, cuando por otro lado, no se dan cuenta de su carencia de autonomía de pensamiento, que es a mí parecer, la peor de las plagas intelectuales: estar sujeto a una ideología con tal de agradar la mayoría de mi círculo social, mientras se ahogan en el opio de la supuesta intelectualidad.

Hay que luchar por la verdadera autonomía: la de pensamiento. Por eso escribí un credo que recitaré todas las mañanas cuando me levante.

Autonomía

Creo en la autonomía, dadora de vida propia y de verdad: ser libre, no solo de cuerpo pero de espítiru. Creo en la no violencia, en no sacar de las bravuconadas de los demás mi realización personal, porque sé que con los golpes físicos a la autoridad no soy un héroe, y muchos menos, estoy cambiando el mundo. Creo en una autonomía de pensamiento, dónde cada quién busque la verdad de su mundo, no en las palabras del mentor, sino en las palabras del espíritu; esas palabras que se desprenden de la búsqueda propia y única de la verdad que una verdadera alma libre emprende. Creo en los profesores, en aquellos abnegados que más allá de imponer su visión de mundo, enseñan a aprender, en vez de adoctrinar. Creo en un mundo tolerante, donde la regla de oro sea la discusión ordenada y racional por encima de los bloqueos y la opresión de los derechos de los demás so pretexto de hacer a los demás ver mi punto. Creo en una autonomía metafísica, que trasciende un terreno y que se queda para la posteridad. Creo en esa autonomía por la que vale luchar, no con puños, pero mostrándole a los demás la elegancia de la ciencia y el arte, y como ensalzan éstos la humanidad.

Alejandro Ramírez, en algún momento de su ebriedad noctámbula.

{nota} : No estoy diciendo que los dogmas UCR estén incorrectos simplemente por ser irrefutables. Mi punto –para él que no lo infirió del texto- es que el chancletudismo muchas veces los lleva a un punto de “speak no evil, hear no evil, see no evil”, dónde todo lo maléfico es el mundo exterior a su círculo intelectual. Por supuesto existente excepciones, pero dudo que sea la abrumadora mayoría.