Posteado por: alejandrors | 31 enero 2010

Pésame de un hijo a la Patria

The best argument against democracy is a five-minute conversation with the average voter.

W. Churchill

La organización social humana es todo un tema complicado. La evolución de sapiens sapiens ha ido ligada, de manera inherente, a un proceso complejo social. Este fenómeno, típico de los primates superiores (chimpancés, bonobos, gorilas, orangutanes) mejor explicable como una necesidad natural de agrupación, ha tenido una serie de estados que ha culminado en lo que conocemos como la humanidad, que es nada menos que el conjunto de seres humanos que viven y comparten una piedra que gira periódicamente alrededor del sol.

Se podría pensar que los primeros estados, bastante primitivos y rudimentarios por cierto, de la organización social tenían un objetivo llanamente simple y visible al ojo inexperto. La agrupación, el fin último de la «tropa» era el “poner de acuerdo” a un grupo de simios para la consecución de un objetivo claramente identificable y beneficial para el conjunto. Este objetivo, sea por ejemplo, perseguir el almuerzo, jugar con ramitas, o simplemente molestar algún animalejo, era tal que no podía ser alcanzado en la individualidad (o al menos es más divertido molestar al animalejo en grupo). Requería de la cooperación heterotécnica –entiéndase articulada y precisa- de los simpáticos monitos que por sí solos no podían. Esto tenía sentido cuando se trataba de cuatro especímenes con hambre o con un sentido del humor bastante cínico.

¿Pero qué sucede cuando pasamos de tropa de tropa a tribu? Ya no son cuatro especímenes hiperactivos; ahora se tiene un conjunto mucho más numeroso que tiene objetivos más complejos, o mejor aún, más ambiciosos. Siendo las diferencias de criterio esperables y necesarias, surge la necesidad de un líder, un dirigente con notarias características intelectuales y físicas que resuelva los problemas del grupo. Un súper hombre, un soldado, un pensador; un macho alfa, líder natural que inspire a los demás monitos, con un poder de persuasión innegable. Así pues, los muchos monitos ya cuentan con un líder que los alienta a bajar los frutos del árbol, a perseguir gacelas Thompson, o que cuenta con todo un repertorio de chistes y anécdotas que hacen reír hasta el más amargado de la tribu. El líder es un referente de autoridad, no por el simple hecho metafísico de la autoridad per se, si no por la ejecución palpable de las responsabilidades del líder. El líder lo es simplemente porque sus capacidades son, no solo retórica, sino prácticamente demostrables.

Así pues van creciendo las necesidades –y cantidades- de los seres humanos. Se crea toda una jerarquía conforme la complejidad social y existencial incrementa. La experiencia se recompensa con los puestos más altos en el liderazgo. Tómese por ejemplo (suponiendo que ahora los monitos, ya muy numerosos, formaron una aldea) que ahora el más viejo y sabio (o al menos que el no fue la cena de un tigre) es el chamán. El chamán llegó a ese puesto por las innumerables pruebas por las que fuese examinado en más de una ocasión. Se sabe, pues para todos es evidente, que el patriarca es una figura de sabiduría, temple y fortaleza. Nadie lo cuestiona pues no hay motivos que pongan en duda su capacidad.

Siguieron multiplicándose neciamente el número de individuos, y con ello, la jerarquía se hizo más compleja. Ahora los monitos, bastante soberbios quizás, tenían un sociedad agrícola dónde algunos «holgazanes» se vestían una túnica blanca, bebían vino, y filosofaban. Estos monitos pensadores, buscaban respuestas para lo que ellos consideraban temible, llámese anarquía, que era el fin evidente de la vida en sociedad que tan bien vista era a los ojos de los monillos aquellos. ¿Cuál era la mejor opción para evitar el reino de lo innombrable, de la discordia y de la chabacanería? La vida en sociedad –se decían- es el pináculo de la evolución humana. ¿Cómo preservarle? A algunos iluminados se le ocurrió la democracia; a otros la plutocracia, el imperio, etc. El debate continúo por muchos años, y sin embargo, muchas formas de organización social le siguieron: feudos, reinos, iglesias, pueblos, aldeas, imperios, repúblicas, ducados, naciones… pero a pesar del variopinto abanico de formas de organización, había solo tres tipos. Para Aristóteles –y creo que aún lo es- hay tres tipos de gobierno, indistintamente de la forma de organización: democracia (muchos), aristocracia (pocos) y monarquía (uno).

Cabe preguntarse hoy la validez de la democracia, clara triunfadora occidental de tipo de gobierno, como la mejor forma por excelencia de la organización humana. Está presente ahora en nuestros genes sociales como lo está el color de cabello en los nuestros propios (¿determinismo?). Nacemos con el pensamiento precargado e inserto en cada aspecto de nuestras vidas sociales: el presidente del salón comunal, el jefe del trabajo en grupo para la Universidad, diputados, senadores, munícipes, rey y reina de la graduación, presidente, secretario de la ONU… todo ellos con el factor común de ser elegidos democráticamente, con la clara excepción de la maquinaria corporativa, donde la democracia es non grata, y los puestos son asignados con base en atestados personales claramente identificables. Nos encanta la democracia y la igualamos con justicia de manera automática; todo lo demás es despótico y despreciable.

¿Es acaso la democracia la mejor forma de gobierno? El gobierno de muchos suena como diría Moro, utópicamente exquisito y justo para con todos. Y lo es por el simple hecho de representar –supuestamente- a la mayoría, el deseo de los muchos monitos con objetivos comunes, sea coordinar el nuevo club de lectura aficionada o bien los designios del aparato estado-nación actual. Estoy seguro que esto es auscultado en los niveles inferiores (a los del club de lectura les consta, de manera fidedigna y de primera mano, los atestados de los candidatos a dirigir su excelso club), pero ¿qué sucede en una organización social tan compleja como la del estado-nación?

El modelo democrático ha sonado siempre como la pomada canaria para la justicia social, desde un punto de vista organizacional desde luego. Esto es cierto siempre y cuando, los participantes decidan con base en quién tiene los atributos más deseables para gobernar. Era claro para los cuatro monitos que tenían hambre en África hace 150 mil años. La validez actual es cuestionable.

Estamos ahora, en un nuevo proceso democrático, el cual se vende como lo mejor y más digno; Costa Rica, país de democracia por más de 100 años. En la teoría, es refrescante, pero en la práctica quedo inquieto. Ahora no se escoge al monito más capaz, se escoge al más oneroso, labioso e inclusive manipulador –también conocido como carismático. Se dejó atrás la escogencia del que es «mejor» por el que se vende «mejor». La democracia, por definición, el gobierno de muchos, presupone que traerá el mejor beneficio posible para esa igualmente proporcionada cantidad de individuos. Al perderse la opción de elegir, incluso conocer al «mejor» y más apto para tan noble tarea, es decir, el que es capaz de acometer diligentemente el gobierno de muchos, se pierde la esencia misma de la democracia.

Siendo literalmente imposible conseguir al mejor candidato posible, ¿por qué presuponer que alguno que es en demasía menos capaz podría gobernar? Creo que ahí devienen la mayoría de los conflictos que muchos le achacan a la democracia, como la “tiranía de las mayorías”, la oligarquía (que es bien una forma de aristocracia disfrazada de democracia, tal lobo con piel de oveja), entre otros. Siento en estos momentos, que la fría y calculadora eficiencia del aparato corporativo, es debida, entre otros, a el fundamento ideológico de no dejar las decisiones de esta calibre a la democracia. Si se escogiera –por ejemplo- al más chistoso y simpático del grupo para ser gerente, los resultados serían nada deseables con un alto nivel de certeza.

Aún creo en la democracia, sin embargo. Lo que no creo es en la democracia que los monitos latinoamericanos hicimos “copy-paste” y simplemente dimos marcha en nuestro subcontinente. El modelo de desarrollo híbrido y autóctono debe nacer, debe tallarse y ser concebido con urgencia. Es mi convicción que nuestra democracia, modelo por excelencia, está en cuidados intensivos, evidenciado por una llana razón: desencanto masivo y generalizado. No estamos escogiendo al monito más apto y ya es evidente para todos.

Hoy murió para mí la democracia costarricense, sepultada por una mediocridad exacerbada, no solo a nivel político, sino, como un germen social que nos contagió a todos. La cultura tan ya discutida de “el menos malo”. Hubo un arlequín de variopintos chistes que trajo al descubierto la cruda realidad de una democracia agonizante. No hay por quién votar. Votaré porque creo que daré mi más sentido pésame a la madre patria. Su hijo adoptivo, la democracia ‘costarricense’, está a punto de morir silenciosamente, como el viejo que languidece en una cama olvidada en un asilo. Espero que esa muerte traiga consigo el renacimiento de un sistema político “made in Costa Rica” que nos lleve a un nuevo siglo, dónde ahora sí, nos pongamos de acuerdo para bajar las frutas del árbol.

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