Posteado por: alejandrors | 19 noviembre 2009

Capítulo XVI: Donde se cuenta el suceso que aconteciera a don Quijote con unas bestias, y mil zarandajas dignas desta historia (*)

Tic tic tic… Un sonido extraño resuena en el fondo. Indistinguible pero atormentador.

Tic tic tic… Me rindo. Me levanto y apago el maldito aparato, sólo para devolverme a la cama con él entre mis manos y pronlongar, en desesperado intento, mi preciado sueño. Eventualmente suena su compañero, aún más ruidoso, grande y anclado a la mesa. Pasaron los cinco minutos. A la ducha, cual ritual de iniciación y meditación diaria, que sirve sólo para caer de golpe a la realidad. Lunes otra vez. ¿Y el fin de semana? Ni me enteré. Al parecer dejé olvidado un sábado y domingo en el calendario.

Degluto con ansías lo que esté sobre la mesa del comedor. Al mejor estilo hobbit, el primer desayuno del día (luego quedará claro el porqué). Con alta dosis de renuencia, presto a terminar de alistarme. Sí. Sé que es tarde y que para variar me va a agarrar la presa. Pero majadería mundana o buena costumbre tica, el sentimiento no pone presión en mí para salir más rápido.

Eventualmente me subo a mi fidedigno y metálico corcel dorado –aunque para ser sinceros, mi desidia y pereza actual han desembocado en que parezca más un pura sangre negro y salvaje. Segundo ritual del día: iniciar la combustión interna de mí contaminante compañero de viaje. Con la mirada puesta en el medidor de combustible, reprendo a Rocinante por tragón –una vez más- y me doy a la marcha. Ladran Sancho, señal que cabalgamos.

Con el mejor ánimo del mundo, cejas arqueadas y arquetípica sonrisa conduzco a mi corcel por la jungla tercermundista. No más a poco salir, si no me había logrado despertar de mi sueño, lo hará el primer hueco y el coro replicante de los compensadores. ¡Plum! -y si eso no lo hizo, lo hará mi conciencia cuándo me dice ‘te van a salir caros esos huecos’ – ¡plum!.

Se puede decir que voy de relativo buen humor. Es decir, no es tan malo después de todo.

¿Será?

Empieza la coreografía de camiones en la subida del alto de Ochomogo. Es todo una tragedia griega, una epopeya multicolor. Coordinados animalitos de colores que hacen una danza en la pendiente hacia Ochomogo. Ruidosos, sucios y lentos, en un desfile cual 15 de setiembre, nos llevan a todos a son del inminente ensanchamiento del hígado. Sí. Me acuerdo que hay una prohibición para los queridísimos amigos estos. Pero estamos en el país de “me vale un pepino”. Halo la cuerda a Rocinante para, suavemente, manchar al ritmo de los trogloditas. Tal Amadís de Gaula, hago penitencia en Sierra Morena.

Ya con el hígado un tercio más voluminoso de lo usual, sigo halando riendas y arriando al jumento. La jungla despejada: tramposa decepción a los sentidos orquestada por los animales carnívoros que se esconden entre el follaje.

Sólo quedar esperar. Cauteloso y sigiloso me desplazo, esperando la ‘animalada’ en cualquier momento. La pregunta no gira en torno a la posible o no aparición de la bestia peluda y apocalíptica. No. Gira en torno a cuántas bestias serán, y el momento de su embestida. Por dicha y para bien de vuestra merced, el rocín tiene colmillo. Joven, sí, pero también ha tenido que aprender lo más antes posible para evitar morir aplastado.

Bestia peluda post-apocalíptica se manifiesta. No en su forma etérea mas en su forma terrenal, aún más espeluznante. Reacciono de inmediato, tomando a Rocinante del cuello y casi cayendo al borde del abismo. Esquivada la bestia, galopamos de nuevo. El hígado sigue creciendo en tamaño.

«Nótese que la escena anterior puede repetirse incontablemente. En realidad no existe tope posible ya que según la Teoría de Malthus, las bestias apocalípticas se reproducen a una tasa geométrica mientras los mortales paisanos sólo mediante una distribución aritmética. Eventualmente, las sendas de esta nación estarán invadidas por sus pezuñas, garras y colmillos; al mejor estilo darwinista, será la ley del más fuerte. Adiós racionalismo. Pobre Descartes.»

Seguimos.

Y seguimos.

¿O nos devolvemos? no hay manera de saberlo. Lo único cierto es que si todo es relativo, nos “movemos” respecto al punto inicial.

Camino bloqueado. Al parecer unos galeones que se les ocurrió que el camino era de ellos. Avanzan a paso lento pues. Se detienen. Hacen lo que les viene en gana. No hay escape posible, son más en número y más truculentos. No queda más que seguirles el ritmo. Eventualmente escapamos por un escondrijo.

Finalmente a punto de llegar a la ínsula. Tierra querida, prometida… prometida… pero falsa.

Bloqueada de nuevo, ahora por incontables imbéciles gigantes.

Aparecióse Sancho.

“Mire vuestra merced,  que aquellos que allí se parecen no son imbéciles, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino.”

Me encomiendo a mi señora, Dulcinea del Toboso.

(…)

Empieza a caer el velo y desnudar la realidad. ¡Plum! otro hueco. Los compensadores chillan al unísono de nuevo. Veo la entrada hacia el encierro que me tendrá por las próximas nueve horas. Estaciono el automóvil. Lo preparo para su baño de rayos ulravioleta y me dirijo a mí cubículo. Humor pintoresco de Scott Adams.

Voy por el segundo desayuno (Sí… a lo hobbit. ¿y qué?). Ahora empiezan las tragicomedias, las cuales serán narradas en otra ocasión cuándo mi pluma no esté ungida en liquido biliar.

(…)

Sancho; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

19/11/2009

 

(*) Nota: “desta” es castellano antiguo, usado alégóricamente para propósitos deste texto.

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