Posteado por: alejandrors | 16 octubre 2009

Figures de l’invisible

Había llovido. El parque aún mojado con un indiscutible aroma a humedad. El gris no se había desdibujado del cielo, dejaba con costes, pasar unos rayitos de luz que teñían los primeros minutos de la tarde. La gente corría como un camino de hormigas negras por la avenida: indistinguibles, todas iguales, todas de prisa, todas laboriosas figuras que no daban tregua a las extremidades.

En el parque había un espejismo de paz.

Un viejo, con un pelliza, saco y sombrero de copa impecable. Cabizbajo, no alzó nunca el rostro. Veía el suelo con mirada inquisidora, cómo quién no encuentra algo y no se rinde ante la inexorable realidad de su pérdida. Con una mano sacaba una especie de granos naranja que lanzaba al aire, siempre sin alzar la mirada. La palomillas le rodeaban en una alevosía constante. Se nutrían al compás del brazo del viejo, que sólo estiraba y contraía el músculo para alimentar a los bichillos. Grises como el cielo los bichillos. 

Atrás una niña de moño rojo correteaba otros grises bichillos. Completamente ineficaz, pero firme en su intento por atrapar alguno de los plumíferos animales, no cesaba a pesar que su madre la llamaba impaciente desde unos pocos metros atrás.
Daba vueltas en círculos, alegre, rebosante, inagotable tal juventud que le era propia. Sonreía sin cesar. La madre frunció el ceño. Instante después había llanto. Llanto que cubría los grises adoquines. Grises como el cielo los adoquines.

Allá sobre un kiosco de adoquines grises un vendedor de chucherías. Con un enorme mostrador multicolor, y al ritmo de sus inacabables gritos, venía su variada mercancía. Nadie compraba, nadie se acercaba, mas el hombre no languideció. Se acababa de instalar, no podía darse el lujo de volver sin vender pieza alguna. No. Sus hijos se lo recriminarían con mirada terrible. Su esposa le partiría el alma como una flecha con su llanto y sollozos abundantes. En un momento de existencial ironía, el movimiento del brazo hizo que cayeran de su bolsillo un par de monedillas grises que rodaron inadvertidas fuera del kiosco. Grises como el cielo las monedillas. 

Pocos minutos pasaron, cuándo un hombre vestido en grises trapos recogió las monedillas. Alegría. Esos pedazos de frío metal que le comprarían unos minutos más de vida. Aunque no daban garantía alguna, compraban esperanza. Aunque no alcanzara para nada, compraban alegría. El mugriento rostro dejó caer óxido al dibujar una sonrisa, un recuerdo de viejos tiempos cuándo los trapos grises eran nuevo regalo de su familia. Grises como el cielo los trapos.

Allá del otro lado, un joven de gris semblante. Era el momento del día en que el ángulo de las manecillas del reloj tenían la medida perfecta. Ni un segundo más. La impaciencia le saturaba el alma; no escucha razón alguna aunque viniera de sí mismo. Íngrimo sobre la banca, mirada espléndida. Veía el parque y le parecía abominable, cotidiano, y hasta paupérrimo. Caminante lejano, peregrino de tierras lejanas que metódicamente había llegado ahí con un propósito. El mismo se había programado para tal comportamiento, para ser servil y no cuestionarse la validez de sus irracionales actos. Esperanzado, aunque realmente inquieto, miraba a todos direcciones. Todo era una escala de grises. Gris como el cielo el semblante.

En el parque había un joven.

Pasaron unos años.

En el parque había un viejo.

Hoy no ha cambiado. Llega otra lluvia que viste el parque de gris. Difumina los colores entre manchas grisáceas. Un hombre llega con una bolsa de perdigones naranja, balas contra la soledad. Se sienta de nuevo a dibujar movimientos circulares con el brazo. A alimentar a los grises bichillos que pululan agradecidos. El rostro cabizbajo. Viene a recordar los tiempos cuándo era peregrino; cuándo el propósito de su visita al templo arbóreo citadino era noble y de ilusión. La ilusión de verla de nuevo aunque fuera por unos minutos.

Aún hoy se pregunta qué habrá pasado con aquella quién le robase el corazón con una mirada, tiempos aquellos en los que no vestía cabellos plateados. Luego de una vida de amor y devoción hacia la amada, no podía evitar preguntarse qué habría sido de su parque si la mujer y la niña que correteaba los grises bichillos, hubieran estado esperándole en casa luego de tratar de vender su mercancía. Qué habría sido de su vida si el dolor de la pérdida no lo hubiera empujado al abismo, a perderlo todo, a mendigar.

Se le acabaron los perdigones naranja. A lo lejos, le llaman por su nombre. Una mujer vestida de blanco que empuja una silla con enormes ruedas. Ya no puede quedarse más, se hace tarde y el gris se empieza a hacer negro. Cae el velo negro estrellado. Forcejea, pero no hay fuerza suficiente en su cuerpo. Se deja ir, mientras la figura de la mujer de blanco y el hombre de gris desaparecen bajo la noche.

En el parque no había nadie.

A W. Kandinsky.

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Responses

  1. es la paloma jajaja


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