Posteado por: alejandrors | 13 octubre 2009

Autómata

Era una tarde fría. Cobijado con las cortinas y apenas calentado por la luz que se dejaba filtrar por la ventana, pestañaba lentamente sin despegar la mirada de la calle de en frente. Por varios momentos, fue un trance hipnótico que le sedujo el pensamiento y hechizó los sentidos, con calculada frivolidad. Era un paroxismo de alegría instantáneo, no atribuido a nada en específico mas a todo en especial.

Dejó reposar la vista por unos instantes de paz que le inundaron el ser, que absorbió cual agua fresca a la esponja. Era un ser renovado. Su alma purificada por la paz de un momento de sana introspección. El viento gélido, más que atrofiarle los miembros, fue la chispa de un enorme y vivaz momento de pasión que le recorrió el rostro, las manos, las piernas: su cuerpo completo. Haciendo mutis, y sin extrapolar su alevosía de explosivos sentimientos, no hizo más que dibujar una tímida sonrisa trabajosamente, y que difumase al poco tiempo, a pesar de haber sido producto de tanto esfuerzo.

No se explicaba como un ser «tan llano y tan simple», pensó, podría ser tan metamórfico y tan cambiante. Era un variopinto abanico de contrastes -así como en las obras de teatro la comedia y la tragedia son, en esencia, como la negra tinta al blanco pergamino; una misma cosa, una misma entidad que orquestadas juntas dan a la vida esa alta disparidad, que permite a los simples ojos del hombre distinguir entre elementos discretos, engaño orquestado en un Universo dónde lo constante es lo continuo. Siguió pensativo, hundido en los pujantes sentimientos de alegría que no cesaban de brotarle del pecho. Asintió con la cabeza, siempre viendo a la ventana, como si alguien le hubiera inquirido el porqué de su vago semblante y él no hiciera más que dar cuenta de ello.

Al cabo de unos instantes, pensó que era hora de volver presto al trabajo. Aquella tarea de la cuál divorcióse por unos instantes, para ser uno con el Universo en una mezcolanza de colores y formas; incorporarse en el abanico multicolor, separarse de la sucesión infinita del tiempo sólo para congelar la imagen y apreciar, en ese crepúsculo, esa imagen congelada en la eternidad, tan sólo por unos segundos. Esos detalles que son invisibles al ojo atareado del ser siempre pensante.

Volvió su cabeza de nuevo al lienzo blanco que tenía en frente. Una enorme pantalla electrónica, artificio de la técnica, hija de la era dónde reina el tecnócrata y priva el culto a la información instantánea. Volvió al mundo digital, al océano creciente de elementos booleanos que se multiplican a velocidades imposibles de comprender, engendrando, a su paso, toneladas y millardos de datos que serían almacenados en la nueva biblioteca electrónica de Alejandría. «Todo está ahí, y más… ¿y cuál es el sentido de tenerlo todo presto, a mano, ipso facto?» se reprochó a sí mismo, al tiempo que posaba y deslizaba suavemente las yemas de los dedos sobre las duras y carrasposas teclas plásticas del dispositivo. Volvió a ser un autómata, dispuesto a buscar alimento en los caminos cableados del neomundo informático, a deglutir toneladas de información, muchas veces, «la mayoría de las veces» se dijo con tono severo, «sublime, llana, dispensable».

Empezó, al unísono, el concierto de teclas. Una tras otra en una melodiosa, casi majestuosa, combinación de "track-track-track". La mirada posada, estéril y fija, sobre el lienzo blanco. Ese lienzo que empezóse a llenar de pequeñas manchitas negras, que iban dibujándose al ritmo del plástico concierto que dirigía el maestro al frente de la máquina. La secuencia era, como para el director de una orquesta es el aplauso y las expresiones de los asistentes; como para el cantante de ópera es el rostro amable y de asombro del oyente; como para el escritor es poder saber que alcanzará la inmortalidad a través de la emoción del lector.

Se perdió otra vez, y era imposible de saber cuándo se le encontraría de nuevo. Cuándo tomaría un instante para liberarse de la jungla humana del conocimiento a granel, dónde lo que importa es la cantidad y no calidad del conocimiento, era difícil de saber. Mentes embobadas por la sobreexposición a lo superfluo, embotadas y enfermas de retener tanto bombardeo massmediático (sic). El hombre, que fue libre por unos segundos, volvió a atarse a un mundo que no comprende, a un mundo que dar por sentado como «lo único y lo más digno que puede aspirar alguien como yo: un profesional, un ser pensante de la sociedad, un valioso hijo pródigo del sistema que reluciendo sus galas se presta a dar lo mejor de sí para una sociedad que lo necesita», meditó mientras finalmente terminó de dar muerte a la poca sonrisa que le quedaba, y perdióse para siempre en un maremagno de ceros y unos.

Allá, al otro lado de la calle, un niño reía y correteaba por el parque. Para él, el tiempo era otro; Cronos benevolente no le había castigado aún con esa sapiencia que se necesita para perder la inocencia. Entre carcajadas y raspones, entre correteos y suspiros, se maravillaba de la grandeza de un mundo, pero hallando la felicidad en la simpleza de sus aristas. Porque así es el Universo: un lugar contrastante, el abanico sempiterno de grandeza insoslayable que deja caer el velo de lo incomprensible de vez en cuando, que deja ver a los mortales por medio de asperezas, de las diferencias de sus elementos que permiten al simple ojo mortal decidir dónde empieza y dónde termina algo. Así como la tinta y el pergamino, eran el niño el adulto, elementos indisociables de este mundo, diferentes como el día y la noche, como el cielo azulado y el sepulcral negro de la noche -privado de todo color. Ese niño, tan distinto al adulto, tan alegre, tan libre, tan feliz y tan cargado de sonrisas; irónicamente atado a convertirse en el mismo hombre que tan solo hace unos minutos le veía por la ventana, en una mezcla de envidia y nostalgia; tan disímil al hombre que extrañó al niño que fue él a no pocos lustros atrás.

Esa ironía de la vida. El niño destinado a convertirse en lo que ese adulto odiaba. El niño jugando a ser adulto, por inocente diversión o por dulce inocencia. Tal es la continuidad y el ciclo de lo interminable. Así como el día se convierte en noche y deja la gala de sus colores perdidos en el ocaso, así el pobre infante habría de dejar la cotidianeidad de su sonreír disoluto en el ocaso de su infancia, dejándolo disponible ya no para él, sino para el amanecer de otro niño.

29/12/2008

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: