Figures de l’invisible

Había llovido. El parque aún mojado con un indiscutible aroma a humedad. El gris no se había desdibujado del cielo, dejaba con costes, pasar unos rayitos de luz que teñían los primeros minutos de la tarde. La gente corría como un camino de hormigas negras por la avenida: indistinguibles, todas iguales, todas de prisa, todas laboriosas figuras que no daban tregua a las extremidades.

En el parque había un espejismo de paz.

Un viejo, con un pelliza, saco y sombrero de copa impecable. Cabizbajo, no alzó nunca el rostro. Veía el suelo con mirada inquisidora, cómo quién no encuentra algo y no se rinde ante la inexorable realidad de su pérdida. Con una mano sacaba una especie de granos naranja que lanzaba al aire, siempre sin alzar la mirada. La palomillas le rodeaban en una alevosía constante. Se nutrían al compás del brazo del viejo, que sólo estiraba y contraía el músculo para alimentar a los bichillos. Grises como el cielo los bichillos. 

Atrás una niña de moño rojo correteaba otros grises bichillos. Completamente ineficaz, pero firme en su intento por atrapar alguno de los plumíferos animales, no cesaba a pesar que su madre la llamaba impaciente desde unos pocos metros atrás.
Daba vueltas en círculos, alegre, rebosante, inagotable tal juventud que le era propia. Sonreía sin cesar. La madre frunció el ceño. Instante después había llanto. Llanto que cubría los grises adoquines. Grises como el cielo los adoquines.

Allá sobre un kiosco de adoquines grises un vendedor de chucherías. Con un enorme mostrador multicolor, y al ritmo de sus inacabables gritos, venía su variada mercancía. Nadie compraba, nadie se acercaba, mas el hombre no languideció. Se acababa de instalar, no podía darse el lujo de volver sin vender pieza alguna. No. Sus hijos se lo recriminarían con mirada terrible. Su esposa le partiría el alma como una flecha con su llanto y sollozos abundantes. En un momento de existencial ironía, el movimiento del brazo hizo que cayeran de su bolsillo un par de monedillas grises que rodaron inadvertidas fuera del kiosco. Grises como el cielo las monedillas. 

Pocos minutos pasaron, cuándo un hombre vestido en grises trapos recogió las monedillas. Alegría. Esos pedazos de frío metal que le comprarían unos minutos más de vida. Aunque no daban garantía alguna, compraban esperanza. Aunque no alcanzara para nada, compraban alegría. El mugriento rostro dejó caer óxido al dibujar una sonrisa, un recuerdo de viejos tiempos cuándo los trapos grises eran nuevo regalo de su familia. Grises como el cielo los trapos.

Allá del otro lado, un joven de gris semblante. Era el momento del día en que el ángulo de las manecillas del reloj tenían la medida perfecta. Ni un segundo más. La impaciencia le saturaba el alma; no escucha razón alguna aunque viniera de sí mismo. Íngrimo sobre la banca, mirada espléndida. Veía el parque y le parecía abominable, cotidiano, y hasta paupérrimo. Caminante lejano, peregrino de tierras lejanas que metódicamente había llegado ahí con un propósito. El mismo se había programado para tal comportamiento, para ser servil y no cuestionarse la validez de sus irracionales actos. Esperanzado, aunque realmente inquieto, miraba a todos direcciones. Todo era una escala de grises. Gris como el cielo el semblante.

En el parque había un joven.

Pasaron unos años.

En el parque había un viejo.

Hoy no ha cambiado. Llega otra lluvia que viste el parque de gris. Difumina los colores entre manchas grisáceas. Un hombre llega con una bolsa de perdigones naranja, balas contra la soledad. Se sienta de nuevo a dibujar movimientos circulares con el brazo. A alimentar a los grises bichillos que pululan agradecidos. El rostro cabizbajo. Viene a recordar los tiempos cuándo era peregrino; cuándo el propósito de su visita al templo arbóreo citadino era noble y de ilusión. La ilusión de verla de nuevo aunque fuera por unos minutos.

Aún hoy se pregunta qué habrá pasado con aquella quién le robase el corazón con una mirada, tiempos aquellos en los que no vestía cabellos plateados. Luego de una vida de amor y devoción hacia la amada, no podía evitar preguntarse qué habría sido de su parque si la mujer y la niña que correteaba los grises bichillos, hubieran estado esperándole en casa luego de tratar de vender su mercancía. Qué habría sido de su vida si el dolor de la pérdida no lo hubiera empujado al abismo, a perderlo todo, a mendigar.

Se le acabaron los perdigones naranja. A lo lejos, le llaman por su nombre. Una mujer vestida de blanco que empuja una silla con enormes ruedas. Ya no puede quedarse más, se hace tarde y el gris se empieza a hacer negro. Cae el velo negro estrellado. Forcejea, pero no hay fuerza suficiente en su cuerpo. Se deja ir, mientras la figura de la mujer de blanco y el hombre de gris desaparecen bajo la noche.

En el parque no había nadie.

A W. Kandinsky.

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Autómata

Era una tarde fría. Cobijado con las cortinas y apenas calentado por la luz que se dejaba filtrar por la ventana, pestañaba lentamente sin despegar la mirada de la calle de en frente. Por varios momentos, fue un trance hipnótico que le sedujo el pensamiento y hechizó los sentidos, con calculada frivolidad. Era un paroxismo de alegría instantáneo, no atribuido a nada en específico mas a todo en especial.

Dejó reposar la vista por unos instantes de paz que le inundaron el ser, que absorbió cual agua fresca a la esponja. Era un ser renovado. Su alma purificada por la paz de un momento de sana introspección. El viento gélido, más que atrofiarle los miembros, fue la chispa de un enorme y vivaz momento de pasión que le recorrió el rostro, las manos, las piernas: su cuerpo completo. Haciendo mutis, y sin extrapolar su alevosía de explosivos sentimientos, no hizo más que dibujar una tímida sonrisa trabajosamente, y que difumase al poco tiempo, a pesar de haber sido producto de tanto esfuerzo.

No se explicaba como un ser «tan llano y tan simple», pensó, podría ser tan metamórfico y tan cambiante. Era un variopinto abanico de contrastes -así como en las obras de teatro la comedia y la tragedia son, en esencia, como la negra tinta al blanco pergamino; una misma cosa, una misma entidad que orquestadas juntas dan a la vida esa alta disparidad, que permite a los simples ojos del hombre distinguir entre elementos discretos, engaño orquestado en un Universo dónde lo constante es lo continuo. Siguió pensativo, hundido en los pujantes sentimientos de alegría que no cesaban de brotarle del pecho. Asintió con la cabeza, siempre viendo a la ventana, como si alguien le hubiera inquirido el porqué de su vago semblante y él no hiciera más que dar cuenta de ello.

Al cabo de unos instantes, pensó que era hora de volver presto al trabajo. Aquella tarea de la cuál divorcióse por unos instantes, para ser uno con el Universo en una mezcolanza de colores y formas; incorporarse en el abanico multicolor, separarse de la sucesión infinita del tiempo sólo para congelar la imagen y apreciar, en ese crepúsculo, esa imagen congelada en la eternidad, tan sólo por unos segundos. Esos detalles que son invisibles al ojo atareado del ser siempre pensante.

Volvió su cabeza de nuevo al lienzo blanco que tenía en frente. Una enorme pantalla electrónica, artificio de la técnica, hija de la era dónde reina el tecnócrata y priva el culto a la información instantánea. Volvió al mundo digital, al océano creciente de elementos booleanos que se multiplican a velocidades imposibles de comprender, engendrando, a su paso, toneladas y millardos de datos que serían almacenados en la nueva biblioteca electrónica de Alejandría. «Todo está ahí, y más… ¿y cuál es el sentido de tenerlo todo presto, a mano, ipso facto?» se reprochó a sí mismo, al tiempo que posaba y deslizaba suavemente las yemas de los dedos sobre las duras y carrasposas teclas plásticas del dispositivo. Volvió a ser un autómata, dispuesto a buscar alimento en los caminos cableados del neomundo informático, a deglutir toneladas de información, muchas veces, «la mayoría de las veces» se dijo con tono severo, «sublime, llana, dispensable».

Empezó, al unísono, el concierto de teclas. Una tras otra en una melodiosa, casi majestuosa, combinación de "track-track-track". La mirada posada, estéril y fija, sobre el lienzo blanco. Ese lienzo que empezóse a llenar de pequeñas manchitas negras, que iban dibujándose al ritmo del plástico concierto que dirigía el maestro al frente de la máquina. La secuencia era, como para el director de una orquesta es el aplauso y las expresiones de los asistentes; como para el cantante de ópera es el rostro amable y de asombro del oyente; como para el escritor es poder saber que alcanzará la inmortalidad a través de la emoción del lector.

Se perdió otra vez, y era imposible de saber cuándo se le encontraría de nuevo. Cuándo tomaría un instante para liberarse de la jungla humana del conocimiento a granel, dónde lo que importa es la cantidad y no calidad del conocimiento, era difícil de saber. Mentes embobadas por la sobreexposición a lo superfluo, embotadas y enfermas de retener tanto bombardeo massmediático (sic). El hombre, que fue libre por unos segundos, volvió a atarse a un mundo que no comprende, a un mundo que dar por sentado como «lo único y lo más digno que puede aspirar alguien como yo: un profesional, un ser pensante de la sociedad, un valioso hijo pródigo del sistema que reluciendo sus galas se presta a dar lo mejor de sí para una sociedad que lo necesita», meditó mientras finalmente terminó de dar muerte a la poca sonrisa que le quedaba, y perdióse para siempre en un maremagno de ceros y unos.

Allá, al otro lado de la calle, un niño reía y correteaba por el parque. Para él, el tiempo era otro; Cronos benevolente no le había castigado aún con esa sapiencia que se necesita para perder la inocencia. Entre carcajadas y raspones, entre correteos y suspiros, se maravillaba de la grandeza de un mundo, pero hallando la felicidad en la simpleza de sus aristas. Porque así es el Universo: un lugar contrastante, el abanico sempiterno de grandeza insoslayable que deja caer el velo de lo incomprensible de vez en cuando, que deja ver a los mortales por medio de asperezas, de las diferencias de sus elementos que permiten al simple ojo mortal decidir dónde empieza y dónde termina algo. Así como la tinta y el pergamino, eran el niño el adulto, elementos indisociables de este mundo, diferentes como el día y la noche, como el cielo azulado y el sepulcral negro de la noche -privado de todo color. Ese niño, tan distinto al adulto, tan alegre, tan libre, tan feliz y tan cargado de sonrisas; irónicamente atado a convertirse en el mismo hombre que tan solo hace unos minutos le veía por la ventana, en una mezcla de envidia y nostalgia; tan disímil al hombre que extrañó al niño que fue él a no pocos lustros atrás.

Esa ironía de la vida. El niño destinado a convertirse en lo que ese adulto odiaba. El niño jugando a ser adulto, por inocente diversión o por dulce inocencia. Tal es la continuidad y el ciclo de lo interminable. Así como el día se convierte en noche y deja la gala de sus colores perdidos en el ocaso, así el pobre infante habría de dejar la cotidianeidad de su sonreír disoluto en el ocaso de su infancia, dejándolo disponible ya no para él, sino para el amanecer de otro niño.

29/12/2008

Epifanía musical

A veces lo que más nos cuesta es resumir un conjunto de sentimientos en una palabra, o en pocas de ellas. Hacer una sola abstracción polifacética, un constructo superior. Ese simbolismo tan necesario y simple de seguir para los demás. Cuesta hacerse entender, dejar claras las intenciones variadas que se tienen en algo de brevísima longitud. Somos pajosos por naturaleza; se nos escapa la virtud cuándo más urgente es.

Estaba divagando, viendo las teclas con un aire de impaciencia. Evitando a toda costa hacer las tareas de la maestría, la cual categóricamente ignoro con cualquier sutileza. Disperso totalmente. ¿Cómo le pongo a la criatura? Volví la mirada por todos los rincones de la habitación, esperando a la Musa, a un Ángel de la Música, que tocara la puerta de mi recámara para traerme -ansiosa- la epifánica creación. Pero aparte del crí crí del grillo, el sonido del viento y molestas conversaciones de los borrachos de la calle de al frente, no había nada. No llegaba.

Volví a ver mi Zune con cierta resignación. Le di random. Estuve escuchando varias piezas, tan aleatorias como mis conversaciones con los contactos de MSN. Hasta que de un momento a otro salió Duran Duran con su ‘Ordinary World’. El Ángel de la Música, poseyó a mi pequeño reproductor para darme esa pista que faltaba, ese nombre tan necesario para poder empezar.

La palabra crea objetos, y qué tan cierto. Sin un nombre, por más charlatanería, divagaciones, babosadas y bulbuceos que traduzcan mis dedos, no sería nada. Un blog más. Un blog más a una colección casi infinita de “bloggers” que día a día suben toneladas de entradas. Pero ahora, entre retóricas, música, conversaciones, Facebook y mi taza de té a medio tomar, me siento orgulloso del poco esfuerzo que me tomó para bautizar al infante.

Con todavía cierto orgullo, pero más por aire de auto-bombo que otra cosa, quería escribir una justificación al nombre tan ‘genial’ que se me ocurrió. Mundo ordinario, mundo sin mayor extravagancia. Eso me dije a mí mismo y pareció resultar. Un compendio ordinario, una colección nada extravagante de cosas que pasan. Escribir, una cosa que pasa. Completamente con el mismo aire de aleatoreidad que nos rodea siempre. Vivimos en un universo cuya naturaleza aleatoria, impredecible, invisible, intanginble, nos lleva a lugares y situaciones imprevisibles pero que sólo podrían haber sido de esa forma. Lo mismo con este nuevo micromundo informático que vive en el web y en los dedos de un monigote que evade responsabilidades escribiendo lo primero que le llegue a las inquietas falanges. Así será mi blog.

Un mundo ordinario,  uno más en el firmamento de los blogs… uno más, ni uno menos, porque sólo así pudo haber sido. Su colección, aleatoria e impredecible. Lo único que por cierto tengo es que algo voy a escribir (a menos que vuelva en mí algún sentido de responsabilidad y termine mis trabajos). Mundo al fin, ordinario también. La ilusión de ‘mi mundo’, intitulado en “lingua franca” -por supuesto-, no se podía esperar menos.